La configuración geofísica —el bien conocido pentáculo—, la historia y nuestra peculiar idiosincrasia hacen que en Borondonia la mili no sea una mili como la de los demás y, por lo tanto, tampoco puta.
No pertenecemos —ni hemos pertenecido nunca— a ningún pacto militar. Ni Cruzadas, ni Lepanto, ni Entente Cordiale, ni ASSE, ni OTAN, ni MAGA.
Dentro del espacio marítimo que las leyes internacionales —que no compartimos, pero sí aceptamos— nos atribuyen, somos dueños de nosotros mismos, y las veinte millas náuticas que definen nuestro archipiélago limitan también nuestro radio de acción, por activa y por pasiva.
Siempre fuimos y continuamos siendo antimilitaristas. Toda nuestra actuación, militarmente hablando, es defensiva. Por lo tanto, nada de submarinos, nada de acorazados, nada de portaaviones, nada de cazabombarderos, nada de drones.
Pero un refinadísimo y sofisticadísimo sistema autosostenible —cuyas características técnicas, obviamente, no vamos a explicar— protege, cuando es necesario, la totalidad del archipiélago con una impenetrable cúpula energética.
Los borondonianos y las borondonianas, al cumplir dieciséis años, participan en un curso de formación de tres meses, durante el cual aprenden a utilizar armas defensivas —de cuyo uso serán responsables— y las normas básicas de intervención en situaciones especiales: una mezcla entre el maquis francés y la UME española. Cada dos años, participan en una semana de “puesta al día”, cada uno en su delegación.
Ellas y ellos son nuestra Armada.

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