Decía Séneca que sufrimos más en nuestra imaginación que en la realidad, porque nuestra cruel capacidad anticipatoria tratará siempre de crear emplazamientos hostiles dominados por la tragedia. No sé si alguna rama de la investigación clínica vinculada a la psiquiatría alcanza a explicarnos el epifenómeno consistente en la construcción concienzuda de una catástrofe que, muy probablemente, no ocurrirá jamás, pero que perturba la vida, y hasta puede llegar a desgraciarla, de millones de seres humanos que habitan el planeta.
Yo no vine al mundo para transitar por un valle de lágrimas. Dejando a un lado la inevitable desazón que los errores terribles que uno comete generan, me gusta pensar que el tiempo y el espacio son dos dimensiones puestas ahí para nosotros, para nuestro disfrute. El miedo es un hueco insalvable, un peso en los bolsillos que nos tira hacia abajo, hacia la ciénaga delirante, o hacia arriba, propulsados para volar a la atmósfera sombría, rajarla y saber qué hay por encima de la plomiza conjetura de la incertidumbre.
En tiempos como los actuales, tiznados de irreflexión apasionada, y una vez rota por completo la balanza que aspiró, parece que en balde, a alcanzar el equilibrio entre el corazón intenso y la razón útil de carácter pragmático, lamento ver caer de manera catastrófica hacia el desastre del fanatismo a unos cuantos de los buenos compañeros de viaje que creen estar en el lado correcto de la historia. Nadamos en una piscina de aguas calientes llenas de hongos, parásitos, horizontes cercanos y conocidos, formando parte del club misterioso y violento del bulo que tiene, entre sus prácticas preferidas, la de escupir odio contra cualquier institución, sea académica, científica, cultural o política, que no confirme con pelos y señales, puntos y comas, la realidad descabellada que contienen no pocos cientos de miles de cabezas humanas.
El episodio más ruborizante, que prueba con hechos mis conclusiones nada apresuradas, lo tenemos en Tenerife. Insistir pesadamente, a modo obsesivo-compulsivo, en que una erupción volcánica en dicha isla está acercándose a paso ligero, es un grito desesperado que aburre y agota. Ya se escuchan extraños sonidos bajo la tierra, ladridos de perros desesperados e inquietantes olores procedentes de algún rincón no identificado, y que necesariamente, tienen una inequívoca vinculación con el inminente inicio de un proceso eruptivo, sin que exista, a 8 de marzo de 2026, ni un solo indicio precursor que nos invite a pensar en el comienzo del cadalso volcánico.
Se les ha colapsado la mente. Guiados por la luz del faro de la libertad de los expertos en manipulación emocional del apocalipsis, los incautos abducidos levantan barricadas idiotas contra el Instituto Geográfico Nacional, al que consideran enemigo frontal que oculta intencionadamente datos o informaciones para hacernos un daño pensado y medido con orquestada ruindad. Es de locos. Se muestran contundentes ante las fuerzas del mal; cualquier institución científica, poder económico, agencia de investigación, gobierno autonómico, nacional o internacional quiere aniquilarnos. Su verborrea cuasisatánica y acusatoria me recuerda a las teorías sobre la destrucción de nubes de lluvia por unos avioncitos venenosos, los mismos que a una mayor altura atmosférica nos fumigan, a nosotros, a todos nosotros, habitantes de la tierra, repugnantes cucarachas.
Para los cuerpos de la legión moderna conspiranoica sus preferidos son los cuentos para no dormir. La pandemia del COVID fue un montaje global de perfecta ejecución que contó con la generosa participación de todas las naciones del mundo, el cambio climático es una ocurrencia malévola de comunistas y la terrible DANA que arrasó Valencia la habría provocado la aviación militar marroquí, intensificado las lluvias mediante un «ataque meteorológico» o técnicas de modificación climática con la finalidad de destruir la agricultura española. Ellos siempre te contarán lo que los medios de comunicación y los gobiernos del mundo no quieren que sepas.
Los cientos, por no decir miles, de ciudadanos que dimitieron de su obligación cívica de estar bien informados, para arrimarse a la sombra del árbol podrido del complot y la falaz maquinación, sentenciaron que la única manera correcta de estar al tanto de la actualidad sismovolcánica en Tenerife es consultar la información publicada en determinadas páginas de la red social Facebook, plagadas de noticias inexactas, tendenciosas y con una manifiesta voluntad de hacer creer como verdadero, a una nutrida audiencia de consumidores de estos pasquines seudocientíficos feisbuquianos, un relato de la hecatombe más parecido a la mala literatura de terror o gore. La realidad del absurdo suele tener una difícil digestión. La ciencia discute y se equivoca y por eso nos hace crecer y celebrar las evidencias, progresar y obtener conocimiento.
Conocimiento: esa palabra que tanto temen los que siempre sienten miedo irracional, humano, pero injustificado y doctrinario. Son la resistencia de la falsa revolución de lo mostrenco, ese pedazo de verdad impenetrablemente dogmática. Una lástima todo, cuando la vida se reduce solo a una cuestión de fe.
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