El brochazo sentimental del recuerdo que provoca observar las imágenes fascinantes y aterradoras de la erupción volcánica del Tajogaite. Vibran los ojos con los que miramos aquel desastre que cambió la fisonomía de la vertiente oeste de La Palma para siempre, salvo que la inventiva desarrollista, millonaria y calculadora venga a vendernos el pasquín publicitario del paraíso terrenal. Hasta ahí, todo bien, lo esperado. Excelente poesía de la emotividad y el trauma. Abundan las narrativas surgidas de la inmediatez, un tanto insulsas, a la hora de transmitir determinados mensajes que insisten en ciertas palabras, como la archiconocida, manoseada y promiscua resiliencia, que baila en la boca de cualquier inteligente genio del optimismo; aceite para las bisagras que giran una y otra vez sobre sí mismas con la intención de que, por repetición, terminemos creyéndonos el cuento de que fuimos más fuertes que el volcán.
A estas alturas no tengo que probar ante nadie el duro golpe que, a nivel psicológico, significó para quien escribe esta columna de opinión aquel cadalso espeluznante en forma de piedras incandescentes de gran tamaño expulsadas desde lo más profundo de la Tierra, pero creo igualmente que, después de cinco años, las vaguedades sentimentales y los relatos dulcificados en los que la paz y la felicidad reinan por los siglos de los siglos no significan absolutamente nada.
Hemos sido testigos, con nuestras mentes claras e inconformistas, que la buena fe política, que no el tufo a buenismo electoral reinante, ha subido al patíbulo para ser irremediablemente ejecutada. No sé si reírme o llorar. Festejamos por aclamación general el sinsentido de una Ley de Volcanes, que es ahora más que nunca y con la distancia clarificadora que nos concede el paso del tiempo, un texto jurídico aberrante, falto de debate profundo y sosegado, de sensatez y de visión de futuro en lo referente al apartado de las indemnizaciones; algo normal y comprensible cuando la improbabilidad de abandonar los lugares comunes de la improvisación y el electoralismo da como resultado salidas disparatadas a las crisis.
La vida y el mundo no terminan en La Palma y, por mucho que nos pese, la única realidad es que, de suceder una erupción volcánica en Tenerife, dicha Ley de Volcanes aprobada por unanimidad en el Parlamento de Canarias hace ahora justo un año, será una directriz completamente insuficiente y ridícula. No alcanza para gestionar la cobertura económica de las indemnizaciones en el caso de que decenas de miles de edificaciones, propiedades y empresas queden sepultadas bajo metros de colada basáltica. Llegados a esta tesitura, cabe preguntarse si es verdaderamente ético, mesurado, razonable y justo, desde un punto de vista distributivo, que se esté, con dinero de todos, indemnizando las segundas viviendas desaparecidas en el transcurso de la erupción de 2021 en La Palma por el valor real de lo perdido y hasta el último céntimo de euro, tengan o no seguro, mientras en puntos del sur de Tenerife trabajadores y trabajadoras malviven en caravanas, en coches o en casetas de campaña debido a la escasez de vivienda residencial y a los abusivos precios del alquiler.
El agravio comparativo es relevante, sin embargo, la memoria de lo que ocurrió le saca punta a la verdadera vocación propagandística con la que algunos medios de comunicación nos cuentan, el día en el que se conmemoró el quinto aniversario del inicio de la erupción volcánica del Tajogaite, que la recuperación del Valle de Aridane ha sido un rotundo éxito, llevando hasta los televisores de los hogares canarios la nueva vida restaurada de un afectado en su hermosa vivienda recién construida, perfectamente equipada con amplios espacios destinados al relax, una piscina y una zona chillout para el disfrute de bellos atardeceres. Para conocer la inviabilidad económica del rescate basta con que cientos de espectaculares y lujosos casoplones, destruidos por una catástrofe de naturaleza volcánica, sean indemnizados por un montante exactamente de acuerdo con lo que valían antes de la erupción. Las elevadas cifras de las indemnizaciones serán un susto que le quite el hipo a cualquiera, porque a estas alturas puedo afirmar que, si no estamos locos, lo parecemos.
Se me ocurre pensar, y no soy el único, que lo sensato será siempre indemnizar la primera vivienda, la vivienda en la que vivir, el techo bajo el que dormir, pero descubro que estamos instalados en la anomalía cuando un Gobierno autonómico, como aludí más arriba en esta columna, ejecuta pagos por el valor real de lo perdido a quienes, con seguro o sin seguro, perdieron sus segundas viviendas. Las dramáticas consecuencias derivadas de la terrible erupción, en las que con el dinero público que no cae del cielo, se ha rescatado en forma de millonarias compensaciones a miles de afectados, colisionan con las enormes dificultades de numerosas familias canarias que se levantan antes de que el sol despunte un nuevo día, que trabajan y pagan impuestos y quedan huérfanas de soluciones reales y efectivas en materia habitacional por parte de las Administraciones públicas, destinando, en algunos casos, hasta el 80% de sus ingresos al pago de la vivienda, de su primera y única vivienda. Unos tanto y otros tan poco. La rueda del sinsentido sigue engrasando su engranaje. Que no pare la fiesta de este colosal absurdo de la desigualdad.
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