De dónde venimos y hacia dónde vamos, pensamiento que me ronda a modo de pregunta inútil los últimos días del año. No pretendo elucubrar vagos razonamientos existenciales haciéndome pasar por un filósofo de baratillo, porque de nada sirven las definiciones y las sentencias cuando adviertes que la vida es tan frágil que estamos todos, sin excepción, en el mismo barco, el de la fugacidad de la existencia y la finitud; esa hermandad inmensa de la igualdad que trágicamente olvidamos. Dicho lo cual, me cuesta entender, a mis 51 años, la prepotencia practicada con holgada solvencia por tantas personas que no dejan de ser un cuerpo, un cuerpo más entre millones de cuerpos que enferman y mueren. Estamos permanentemente expuestos a lo imprevisto y al infortunio, así que el tiempo corre a nuestro favor. Si sabemos esta gran verdad definitiva, ¿qué hacemos, a veces, abrazando al pesimismo? Una discapacidad flagrante en la observación e interpretación de la realidad condicionada por multitud de factores, eso es el pesimismo.
Vivir es una experiencia más complicada que escribir. Hablar y opinar es lo fácil, no tiene mérito alguno, porque lo difícil es conjugar el amor a la vida, manteniendo el equilibrio de caminar sobre el archiconocido alambre extendido e imaginario, con valor de metáfora universal, para no caer en las violentas garras del miedo. Vivimos tiempos megalómanos de declarado culto a la personalidad, inventores como somos de absolutamente nada, expertos en el magistral desempeño consistente en resucitar viejos fantasmas y desenterrar pesadillas morbosas de revanchismo y venganza, al tiempo que unos cuantos salvapatrias, en cifra preocupante, preparan el cuarto mortuorio de las ya de por sí degradadas democracias liberales.
La compuerta de 2026 está a punto de abrirse. Escucharemos una a una las campanadas que nos señalan la entrada en el nuevo año. Luego, vendrá para amenizar la resaca de la Nochevieja la soporífera polémica del debate público acerca de si Cristina Pedroche salió a presentar las campanadas de Fin de Año casi desnuda y, de paso, cosificó a todas las mujeres del mundo una vez haya muerto la libertad individual arrasada por el desfase del dogma moral en tiempos paradójicos, en los que ya todo el mundo se considera muy moderno a la vez que muy poco conservador, o si al mostrar una estampita de la icónica vaquilla del programa de TVE Grand Prix simulando la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, se reproducen enardecidas confrontaciones. Ofendidos descorazonados. El nerviosismo paranoico impide la interpretación de los acontecimientos más allá de la dimensión humana que solo aprendió a revelarse a través de la ideología, el partido político, la religión católica o el club de fútbol, la Virgen de las Nieves y la fiesta de los Indianos.
Iniciaremos un 2026 en la isla de La Palma sin medio pan que echarnos a la boca. La permanente residencia cultural en el ñoño sentimentalismo de nuestros políticos, que son simples máquinas de ejecución de un presupuesto con el afán pérfido puesto al servicio de la construcción propagandística de un relato a conveniencia, y una extensa masa social de proselitistas que han decidido no cuestionar lo que votan.
Hablan de nuestra querida isla de La Palma y demuestran, los que están ahora al mando, carecer de mayores aspiraciones, siendo el reflejo cristalino de una sociedad camino del naufragio general. Cada día nos sentimos más ofendidos por todo, más centrados en nosotros mismos, más ciegos, sordos, mudos, solos y más ególatras a tiempo completo.
Deseo un feliz año repleto de salud y alegría para todos y que, aunque sea de casualidad, remita el intenso olor a herrumbre y óxido de las proclamadas buenas intenciones de todos los políticos y ciudadanos de gran corazón. Yo voy para 52, la perfecta edad del hombre maduro; ya casi soy un triunfador invicto, exento de enfermedades terribles como exento de la mili quedé hace casi 30 años, no sin antes sufrir la incertidumbre de un veredicto final absolutorio. Lo dicho, lectores y lectoras, que me enrollo y no termino, feliz 2026, salud, amor y a mantener los ojos abiertos y la conciencia despierta que vienen malos tiempos para la lírica. Resistiremos.

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