Detalle de la portada del libro Un verano bajo el sol del infierno de Víctor Yanes. EDITORIAL ESCRITURA ENTRE LAS NUBES
Un verano bajo el sol del infierno no surge de la distancia ni de la contemplación estética, sino que brota de la inmediatez de la vivencia. Tras la erupción del volcán Tajogaite en la localidad palmera de El Paso, el autor sintió “la necesidad de llenar el vacío que deja la desolación de una catástrofe de tal magnitud con palabras, como un modo de explicarme a mí mismo lo sucedido y anclar, incluso terapéuticamente, una experiencia que me acompañará para siempre”, según ha declarado en una reciente entrevista, aparecida el 2 de julio de 2026 en el periódico digital Planeta Canario. Esta declaración sitúa la escritura en el territorio de la supervivencia y del sentido, en un lugar donde la poesía se convierte en una herramienta para habitar lo inhóspito.
Ya el título del libro entrega una clave fundamental para su interpretación. Ese “verano” al que alude el poeta corresponde al año 2022, cuando una enfermedad grave —la quimioterapia— afectó a una persona muy querida para él, sumándose al panorama de graves daños económicos y sociales que había causado a la sociedad palmera la erupción del volcán Tajogaite, la cual se produjo entre el 19 de septiembre y el 13 de diciembre de 2021. Ese infierno, por lo tanto, adquiere dos caras: la geológica, externa y devastadora, y la física, íntima y dolorosa. Yanes ha explicado que en esos meses la “pesadilla de la quimioterapia” se sumó al “infierno” del volcán, creando una experiencia de doble vulnerabilidad que atraviesa todo el poemario.
La obra se articula en cuatro bloques que trazan un recorrido emocional: desde la fragmentación inicial hasta la aceptación, pasando por las experiencias traumáticas y la meditación sobre la muerte. Esta estructura responde a un proceso de asimilación del dolor que el poeta ha transitado durante los años posteriores al 19 de septiembre de 2021, fecha de la erupción del Tajogaite. En el bloque central, dedicado a la erupción, Yanes opta por un “ejercicio de realismo” que elude cualquier tentación de suavizar lo ocurrido. “Quise ser honesto al máximo y evitar contar algo diferente a lo que ocurrió, agarrándome a visiones edulcoradas y evitativas. Aquello fue lo que fue. Algo terrible”, como afirma el autor en su reciente entrevista en Planeta Canario. Esta apuesta por la verdad constituye uno de los rasgos más distintivos del poemario y se vincula a la ética del lenguaje que menciona Elena Morales en el prólogo: una ética que sintoniza con el dolor sin caer en la autocompasión.
El libro se inicia con un breve poema sin título que funciona como declaración de principios: “Hablo de la única cosa que sé hacer: vivir. / Repetí esta frase como un tic nervioso / en el peor momento de mi vida”. Estos versos condensan el espíritu de toda la obra: la escritura como acto de vida, la repetición como conjuro contra el vacío. La palabra “tic nervioso” no resulta casual, pues sugiere que el autor posee una necesidad involuntaria, casi física, de afirmar su propia existencia.
La búsqueda inquietante ofrece uno de los momentos más intensos del libro. El poeta se apropia hábilmente de un suceso vivido por un amigo suyo –un accidente de tráfico ocurrido en abril de 1992, cuando este amigo contaba 18 años– y lo relata en primera persona, convirtiéndose en protagonista ficticio de unos hechos reales: “Salí despedido del coche, empujado por la nebulosa del ron con Coca-Cola / con la que dejas de ser tú”. La escena adquiere la potencia de una película en cámara lenta, y el contraste entre la violencia del impacto y el canto de los pájaros al amanecer crea una tensión que atraviesa todo el poema. De estos versos emerge un aprendizaje fundamental: la vida puede destrozarse en un “segundo loco”, pero el nuevo día no suspende su llegada y los pájaros continúan cantando. Esa doble verdad —la fragilidad y la persistencia, antagónicas e inseparables como las dos caras de una moneda— encarna uno de los ejes temáticos del libro.
El poema Atardecer del mundo introduce una dimensión onírica que interviene en varias ocasiones a lo largo de este poemario. Yanes sueña con “un amor de antes, un futbolista maldito y un escritor vivo pero suicida” que contemplan un atardecer bajo el sonido de las gaviotas. Esta insólita reunión de tres personas –quizás evocan los yoes que fue el propio autor en el pasado– cobra una extrañeza casi surrealista, pero el poeta la resuelve con un gesto sencillo y poderoso: abre una botella de vino y la sirve a sus tres acompañantes “como quien reparte, a toda prisa, amor atrasado poco antes de la destrucción definitiva de los afectos”. El poema termina con una constatación amarga: “Fui todo aquello para terminar siendo nada”. Asoma aquí una reflexión sobre el paso del tiempo y la disolución del yo que recuerda a la tradición de la poesía existencial española.
En Carta al padre, Yanes aborda la relación filial con una honestidad desarmante. El poema se dirige a un padre que tuvo 46 años en 1988, una edad que el poeta alcanza en el momento de la escritura del texto. La identificación entre generaciones (“Aquellos 46 años tuyos tan parecidos a los míos ahora”) establece un puente de comprensión que atraviesa el dolor y la distancia. El poema abunda en imágenes poderosas: el “hielo entre nosotros”, la “grieta que interrumpe la marcha del río fluido que era solo un sueño”. Pero también contiene un gesto de reconciliación: “Me salvé. La línea de flotación del instinto / y la cualidad de un olfato que adivinó la salida / fue suficiente para la compresión absoluta de tu existencia”. La palabra “compresión” no resulta un error; sugiere la idea de entender apretando, de abrazar la existencia del otro en su totalidad.
Uno de los poemas más complejos del libro se titula Entrañable comandante. En él, el yo poético se presenta como un ser inmortal: “Mi salud es mi poder, la genética de la inmortalidad. / Sobreviviré a todos ustedes y a mí mismo”. Pero esta declaración de omnipotencia se desvanece rápidamente ante la constatación de que cualquier cosa “me vale: / rajar la vida y oler el perfume espeso y auténtico de las vísceras”. La pulsión autodestructiva se mezcla con la afirmación de una verdad visceral: “las vísceras son la revolución, las tripas, lo sucio, la antítesis de la pulcritud”. El poema juega con la ironía y la contradicción, mostrando un yo que quiere volverse inmortal y al mismo tiempo desea ahogarse en una “mortal marea sin música”. Una vez más, la tensión entre la vida y la muerte se manifiesta en el poemario.
En Vino para salvarme, el poeta despierta a las dos de la madrugada y se enfrenta al insomnio y al miedo. Sin embargo, decide abrazar la rebeldía para no sucumbir: “Me abrigo, me enfundo la pistola y salgo a la calle. / Aún no ha amanecido. / Sé que no me entenderán, pero la rebeldía ha venido para salvarme”. La imagen del poeta armado que sale a la calle de madrugada posee una fuerza simbólica notable. No se trata de violencia literal, sino de una disposición a enfrentar la vida sin rendirse. La “pistola” actúa como metáfora de la escritura, de la palabra que se convierte en arma contra la oscuridad.
El bloque dedicado al volcán, Rodillo basáltico para un corazón tan roto, puede considerarse quizás el más impactante del libro. El poema que abre esta sección, fechado el 19 de septiembre de 2021 a las 15:12 horas –el momento preciso en que se desató la erupción del volcán Tajogaite–, comienza con una imagen de violencia geológica que se traslada al cuerpo: “La corteza terrestre rota, la corteza cerebral abierta / por una incisión hecha con la fina hoja del cuchillo de un punzante escalofrío”. La tierra y el cerebro se funden en una misma herida; la catástrofe exterior y el trauma interior se convierten en una sola cosa. El poeta contempla “con desprecio” la tragedia, pero también reconoce la imposibilidad de escapar: “Resulta imposible escapar para evitar sentir, / la amplitud del oasis recurrente de los sueños”.
En Sábado de volcán, la experiencia de la catástrofe se torna todavía más concreta. El poema describe las noches de terremotos, las puertas de los armarios abiertas para evitar el ruido, la ropa colgada “sin cuerpo en el alambre fino de la noche”. La imagen de la ropa que permanece sin uso transmite inquietud y perturbación, pues sugiere la ausencia, la pérdida, la vida que se ha esfumado. El poema termina con una constatación desoladora: “Hemos vuelto de la guerra siendo ya, definitivamente, otros”. La erupción no genera solo una catástrofe externa, sino también una transformación interior que deja al superviviente irreconocible para sí mismo.
En el poema El abuelo, Yanes acude a la memoria familiar para construir vínculos entre generaciones. El abuelo del autor aparece “no con los 110 años que tendría hoy, / sino con aquella juvenil vejez / tierna y revolucionaria tan suya”. El poema evoca el año 1936 —la guerra civil española— y el 2021 —la erupción del Tajogaite— como dos momentos de fractura histórica y personal. Pero el amor, “ese empeño loco”, se alía con los protagonistas y los mantiene unidos “en los largos abrazos que son unidad eterna”. Este poema de resistencia empuña la memoria afectiva como un escudo contra la devastación.
Uno de los momentos más lúcidos del libro aparece en Gas azul celeste quemando mis pulmones. En él, Yanes se enfrenta a la pregunta de qué hubiera preferido: “cualquier arquitectura del aburrimiento, / un septiembre de pájaros en silencio / o la tenaz melancolía fabricando desaliento”. De este modo, el poeta confiesa que habría preferido cualquier cosa, incluso el tedio o la tristeza cotidiana, antes que la tragedia. Pero la “bola de fuego” (es decir, la furia de las coladas de lava) no preguntó, y el poeta se convirtió en “el hijo para siempre del viento lunar de un paisaje destruido”.
El bloque Salmo alucinatorio introduce una dimensión espiritual o, más bien, una indagación en la ausencia de lo espiritual. El poema Necesito veros a todos, queridos ausentes compone un canto a la memoria de los muertos. Yanes no busca consuelo en la religión tradicional, sino en la fuerza del amor tangible: “todo mi rencor pulverizado, toda mi alegría y mi tiempo os los regalo, / toda la idea del sentido íntimo de mi identidad está en vosotros”. La identidad del poeta se erige a partir de los ausentes: ellos suponen la “fundición del amor y del desorden impredecible”.
En el texto Bajo la tumba, la muerte ocupa el centro de la reflexión. El poeta imagina el recuerdo de un ser querido: “Bajo la tumba, tu recuerdo / será un gran amor los primeros días, / luego, el proyecto vital de emborracharme / y hablar en mi cuarto para nombrar tu vida / entre risas locas y llantos amargos”. Una honestidad brutal impregna estos versos: el amor no conoce la eternidad, el recuerdo se desgasta y la vida del superviviente se transforma en una serie de rituales para mantener viva la memoria. La imagen del revólver de saldo que “funcione para levantarme, de una vez, la tapa de los sesos” se halla entre las más duras del libro, revelando hasta qué punto el dolor puede llevar al borde del abismo. Pero el hecho de que el poeta escriba estos versos, sin ejecutar la acción, debe entenderse como una forma de resistencia.
El bloque final, Delirios a medias para un escritor suicida, propone una reflexión poética sobre el acto de la creación literaria. Yanes se describe a sí mismo como “un yonqui de la evasión atrapado en desear que su vida sea un tramo de ciencia ficción”. La escritura se emplea como una forma de escaparse, pero también de enfrentar la realidad. El poema Los aviones supersónicos del tiempo juega con las ideas de velocidad, movimiento y fuga: “Reaparece y se acelera la vida, / soy una bandera disminuida, / un trozo de tela que se ondula rota, / castigada por el flujo de un viento helado que no cesa”. De este modo, la existencia humana dibuja la trayectoria de un vuelo, pero también la forma de una herida.
En El crimen evitable, Yanes aborda el tema del suicidio de una manera oblicua y perturbadora. El poema sitúa la acción en “la celda del YA terrorífico”, un espacio que no parece tan real como simbólico o imaginario. “Hubo un tiempo en el que matar a un hombre / era una buena idea”, según escribe el autor, pero esa idea «pasó sin consumarse». El poema sugiere que el deseo de autodestrucción incorpora una posibilidad que se contempla y se descarta; la escritura misma representa ese gesto de descarte, de preferencia por la vida. Por último, el libro se cierra con Delirios previos, un poema que invita a una lectura esperanzadora. El poeta habla acerca de haber aprendido “a leer el pasado” y haber evitado que la “vieja herrumbre sentimental” quemara su conciencia. Se presenta un final abierto, que no brinda consuelos fáciles, pero sí una afirmación de la posibilidad de seguir adelante.
El propio Víctor Yanes admite, en su reciente entrevista, que su poesía “está hecha para ser recitada y escuchada en voz alta, más que para ser leída en silencio”. Esta vocación oral explica la fuerza rítmica de muchos de sus poemas y su tendencia a la repetición y al verso de largo aliento. No resulta casual que el libro se inicie con la imagen de un “tic nervioso” o que incluya poemas que parecen monólogos interiores. En una época en la que la poesía suele refugiarse en lo complejo y lo oscuro, Yanes apuesta por lo claro. No renuncia a la hondura, pero busca el contacto directo con el lector. Su poesía, como él mismo reconoce, tiene como objetivo aliviar “los dolores del alma”. Por lo tanto, se fija un propósito nada menor ni ingenuo, pues, en un mundo cada vez más ruidoso y acelerado, la palabra poética que ofrece consuelo sin alejarse de la verdad representa un bien escaso.
Un verano bajo el sol del infierno aporta, en definitiva, un testimonio valiente de quien ha mirado de frente la catástrofe y ha decidido escribir sobre ella, no para abandonarse al olvido, sino para cultivar la memoria; no para encontrar respuestas definitivas, sino para formular preguntas que merecen plantearse. Se trata de un libro que duele, pero que también alivia; que interpela, pero que también abraza. Se trata de una obra que merece leerse y escucharse, porque sus versos poseen la rara cualidad de quedarse resonando en el oído mucho después de su lectura.
El texto recoge la presentación que Ramiro Rosón realizó del poemario de Víctor Yanes Un verano bajo el sol del infierno (Editorial Escritura entre las nubes), celebrada en la Sala Cilíndrica del Tenerife Espacio de las Artes el 3 de julio de 2026.


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