Bendiciendo pagafantas

El pertinaz empeño de los escritores y escritoras de la esfera planetaria en querer publicar libros. El Instagram es una bandera roja al aire para ser vistos, montando el expositor dentro del escaparate y forjados por la inocencia arrolladora de los que creen traer una verdad que merece ser conocida. Siempre tan niños chicos ególatras que no hemos inventado nada. Nos define nuestra vocación de bebedores hasta la borrachera sin tino de lo que ya escribieron otros, colocando en el altar místico sobre las nubes a nuestros ídolos literarios y dando la pataleta cuando no te aplauden lo suficiente o no acuden a la imprescindible presentación de tu última novedad editorial. Tu entorno te está enviando un mensaje claro: “Tú te has metido a escritor siendo un don nadie; ahora sal como puedas, ¡a mí qué me cuentas!”.

Generalmente, nuestros libros, escritos con cuidado y dedicación, son peores y más malos de lo que pensamos. El vértigo de la grandeza no se corresponde con la brava perturbación del genio, sino con la estupidez del mediocre atrapado en un complejo entramado de mentiras que nos contamos a nosotros mismos. Lo llamamos ilusión. El teatrito de la ilusión que vende doscientos ejemplares en un año.

Visto lo visto, prefiero acomodarme en las trincheras y disparar contra mí y contra todos a sonreír abiertamente con un gesto embaucador de comercial a comisión en unos grandes almacenes. Peseteros. Ojalá nuestros libros fueran mercancía, un número de ventas considerable que suministrara un significado real a lo que hacemos, pero merodea por mi cabeza la sospecha de que publicar un libro es un ceremonial de inclinación narcisista que nos interpela.

Demasiados libros publicados para tan pocos lectores, demasiadas editoriales pequeñas y, algunas, haciendo su particular negocio a costa de los autores y autoras que son la mano de obra barata. El escritor nunca importa, salvo que te apadrinen, te nombren hijo semejante a Julio Cortázar y te ponga la mano derecha el sacerdote sin sotana, pederasta o salido (tampoco lo sabemos), o la amada sacerdotisa, sobre la cabeza a modo de correcta bendición para que seas el nuevo pagafantas del grupo, malo como el hambre en lo literario, pero bendecido hasta el mismo día en el que te caiga la sepultura de mármol sobre tus huesos. Yo fui invitado a la capilla, invocado por la vanidad como todo ser humano que posee su cuota de tara psicológica adquirida, pero salí corriendo. El ejercicio de la prostitución de los propios valores, los correveidiles, los que sonríen y han tomado la firme decisión de autodegradarse corriendo a sacarse la foto con los gerifaltes subvencionados de la alta sociedad literaria de nuestras islas canallas, y sobre los que luego, rajan repartiendo odio intenso contra su doctorado.

La capilla se convierte en un prostíbulo controlado por la evidente autoridad incompetente, que designará junto a la pila bautismal al nuevo Messi de las palabras. Acabáramos. Persiguen vilmente a aquellos que deciden por su cuenta emprender su camino emancipador, bombardeando con el silencio o con la discreta animadversión sin fundamento que tratan de deslizar ante cualquier proyecto editorial, cultural, de comunicación, orgiástico o de ocio que ellos no hayan supervisado y autorizado previamente. Condena moral eterna sufrirás, como la mujer manchada que parió un hijo bastardo en otros tiempos.

Las redes sociales están repletas de ejemplos que prueban las malas formas de guante blanco de las santificadas de inspiración mariana y venerados de masculinidad revolucionaria al estilo de Jesucristo predicador sin el martirio de la cruz, faltaría más. ¡Ay!, esta bendita tierra canalla, tan enamorada de retener los inmortales hábitos del caciquismo; nadie escapa. Nadie. En cierta marginalidad está el sustento práctico de la libertad. Ya tendréis residencia en el infierno, caciques, cuando todo vuestro tiránico paripé haya terminado.

Leave a reply