Una atmósfera artificial de polvo talco envuelve las principales arterias de Santa Cruz de La Palma. Drones sobrevuelan la Calle Real para verificar el éxito incontestable de participación en una nueva edición del Carnaval de Los Indianos, con una nutrida marea blanca que activa en la mente del político y periodista local la euforia de las cifras redondeadas al alza. 70.000 asistentes al evento más emblemático que existe en La Isla Bonita, con el permiso comprensivo de la Señora y Madre de todos, de todos los palmeros: la Virgen de las Nieves y sus fiestas lustrales.
La Palma es una tierra de psicología compleja y sólida estirpe de grandes fiesteros. El palmero, siempre tan original en la manera de inventarse y sentir el evento festivo, participa, sin darse cuenta, de un sinsentido más de la cultura de masas que se sostiene sobre tres pilares fundamentales: la estrategia comercial para vender un producto, un público que lo consuma y entidades políticas y medios de comunicación que lo publiciten. Como resultado de la activación de esta maquinaria tenemos un negocio con una semántica perversa, basada en la articulación de un mensaje publicitario que se ejecuta en términos de cantidad entendida en número de indianos “despistados” que se bajan del avión o salen del barco, bote de polvo de talco en mano, disfrazados, algunos, como si desembarcaran en una cálida y mediterránea fiesta ibicenca para pillarse, no en todos los casos, una borrachera de órdago. El absurdo de las cifras y del lanzamiento desmesurado de polvos talcos será la ruina futura de la fiesta, y me pregunto, ¿hasta cuándo sentiremos que tiene algún significado imprescindible la masificación asfixiante, el intento de internacionalización, dándole a Los Indianos la perspectiva y finalidad de mantener o incrementar el número de consumidores de un producto cultural devaluado?
El número de partículas del microscópico cuerpo blanco suspendidas en el aire es otro motivo para celebrar el triunfo de una fiesta que se consolida, un año más, como referente del Carnaval de Canarias. Puro marketing. El negocio de Los Indianos nunca será una seña de identidad, porque la identidad cultural de los pueblos nada tiene que ver, por fortuna, con los datos económicos que arroja la facturación de compañías aéreas, navieras o reservas hoteleras, no tantas quizá, porque muchos de los que vienen frescos y lozanos en el catamarán de la familia Olsen o en los aviones de la aerolínea Binter regresan por donde llegaron; borrachos, confundidos y resacados, después de una buena vomitona en los baños de la estación marítima o en el excusado de la terminal aeroportuaria ubicada en la costa del municipio de Mazo.
Los mercaderes de la fiesta han ganado el pulso, cerrando hasta la última rendija de luz a través de la que albergar la esperanza de que otro Carnaval de Los Indianos, más de todos, inclusivo y abierto, es posible.
Aceptar como válida la opción de respirar esa nube contaminante que se deposita en mis alvéolos pulmonares. Aceptar como válida la conclusión de que necesariamente la cantidad sobre la calidad, el exceso, el estruendo, el paroxismo emocional identitario es algo bueno, excluyendo oportunas matizaciones que no estaría de más poder atender debidamente, sin miedo y sin traumas. En estas tristes y grises lides estamos.
En los últimos 20 años, la fiesta de Los Indianos ha sufrido tal mutación que me recuerda a una criatura que hemos alimentado para que engorde hasta que enferme, como un niño tierno e inocente que un día deja de ser feliz. Los que no admiten ni la colocación de una simple coma en el relato, un tanto particular, de lo que debe ser la fiesta de los polvos blancos, que se ha ido transformando en un bloque de hielo impenetrable con unas reglas, vicios, manías y repeticiones, son los que ponen en marcha sus gargantas calientes para reaccionar, enojados y beligerantes, a cualquier sugerencia, modificación o cambio.
Hablan de defender la tradición y me pregunto de qué tradición están hablando. El Carnaval de Los Indianos es hoy una calamitosa simplificación en tres elementos de incorporación reciente: el talco disparado a cañonazos, una masificación molesta y pegajosa, y el baile encantador de la Negra Tomasa que, aunque participa desde 1992, es en los últimos años cuando gana relevancia la presencia de este personaje pintoresco y entrañable de la idiosincrasia indiana. Nada que ver con la tradición primigenia de una de las más importantes fiestas del Carnaval de Canarias.
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