Nos han robado hasta el fútbol, que tal vez sea una realidad menuda como un juego sin importancia en la fría lógica del mundo de los negocios. A mí me gusta el fútbol; repasar las hojas consecutivas de un calendario de partidos, los puntos obtenidos en la trayectoria regular de un campeonato, los ascensos y descensos de categoría que representan el teatro de la vida con sus fascinantes llantos profundos que se acercan al fin del mundo y las alegrías contundentes de felicidad indescriptible. Pero ya nadie sabe ganar y pocos aceptan una derrota. Ya pocos creen merecer una derrota porque la victoria de los otros es una agresión a la propia identidad del escudo, un agravio intolerable al nombre de la ciudad que representan. Casi se ha abandonado la hermosa costumbre de reconocer los méritos del adversario, porque el sentido de la existencia de nuestro club de fútbol quedó tristemente definido por la urgencia permanente de ganar y machacar al rival, que no merece ni agua, ni luz, ni dignidad.
Largas pesadumbres que relajan la musculatura de mi cuerpo invadido por la somnolencia atroz que me produce el videoarbitraje, una sala de magistrados del fútbol que deciden sobre jugadas polémicas en un habitáculo rodeado de pantallas que conocemos como VAR, parando la gracia de la contienda deportiva por periodos absurdamente dilatados. El gran debate. Tanta gravedad trascendente me enferma: ¡qué es fútbol, caray!
Ante el ridículo acaloramiento que rodea al balompié, convoco una huelga que tan solo secundaré yo. Me molesta la rigurosidad que ha adoptado el fútbol, un deporte consistente en que veintidós hombres en calzoncillos corran detrás de un balón para intentar meterlo en la portería contraria y obtener así el botín de una victoria. En eso consiste, es suficiente. Comparo hoy el fútbol moderno con la pesadilla de un corsé que inmoviliza mi cuerpo mientras duermo, porque llevo mal el engreimiento de los jugadores con sus escenas de teatro pésimo y el deseo feroz de protestarlo todo. La mala educación, la fanfarronería dictatorial de los árbitros, los expertos entrenadores, simples abonados sabelotodo que lo único que tienen en propiedad es el número de un asiento en el estadio y el derecho a hablar de lo que no saben. Delirio y esquizofrenia, en esas estamos.
En un contexto político degradado y absurdo, y en el que encontrar un discurso de sus señorías con cuatro renglones consecutivos que mantengan un mínimo interés por la reflexión y el sosiego es prácticamente imposible, triunfa el supremacismo ideológico, sea en el espectro de la derecha más ruin y malvada en décadas, o en la izquierda de salón cosmético. Siempre será más fácil tocar la fibra sensible, o la región primitiva del cerebro del populacho, que tratar a los ciudadanos como personas inteligentes. Orgullo de uno mismo todo el rato para introducirnos en un túnel del tiempo que nos lleva hacia un pasado en el que la democracia era un invento peligroso, y aunque en apariencia no guarde vinculación alguna esto que digo con el fútbol, cada vez que alguien ocupa un asiento en un estadio acepta, con resignación, el primitivismo a ultranza, no como válido, sino como una manera de confundir la libertad de expresión con la promulgación del odio, y que sobrepasa cualquier registro comprensible del desahogo emocional. Se lincha con todo tipo de improperios al entrenador del equipo rival desde la grada situada detrás del banquillo visitante, se canta a coro “musulmán el que no bote”, se abuchea, se insulta permanentemente o se somete al cancerbero traidor que fichó por el eterno rival a una lluvia de objetos con intención de abrirle la cabeza, porque para eso exactamente los lanzan. Se lanzan objetos contundentes contra el autocar en el que viaja el adversario. Por mucho que nos cuenten la milonga de los comités antiviolencia, la permisividad de la violencia en el fútbol sigue teniendo manga ancha. Insultar, agredir, comportarse como un auténtico cafre en la grada ha sido entendido, amparado y protegido por la mirada que intenta hacerse la despistada, la de los principales rectores federativos, a los que les falta valentía y compromiso para dejar de insinuar que son cosas del fútbol.
El supremacismo de los colores trae odio y en el fútbol actúa. Actúa todo el rato ese orgullo nacional, regional, local, de barrio. Esa simpleza sentimental tan desmoralizante que viene a darnos la turra con la charla sobre el valor de los colores como una cualidad moral o una cuestión de honra militar. Miles de hinchas exacerban sus expresiones en la grada de un estadio de fútbol, cuando alegrarnos por la victoria de nuestro equipo, nos alegramos mucho; es una gozada como fórmula rápida de una felicidad que dura poco, pero dura lo suficiente. No es nada extraordinario, así que aparquemos la intensidad de esa rabia de burros y paletos, y no seamos tan violentos y trascendentes. Es solo fútbol.
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