Ya era hora. Por fin una parte de los ciudadanos de este país llamado España se ha dignado a movilizarse. Tardábamos en dejar de mirar la realidad como eso que no nos pasa a nosotros, porque, alelados, mientras destinamos horas de nuestro tiempo a ver gatitos creados por la inteligencia artificial en Instagram, ignoramos conscientemente el deterioro de esas dos palabras tan amadas por la socialdemocracia: clase media. Maricarmen Abascal prendió la mecha sin ella quererlo, y sin quererlo, una vez muerta, se ha convertido en icono y santa imagen de inspiración social. Todos somos Maricarmen. Maricarmen en la cartelería combativa de las reivindicaciones. ¿Veremos el semblante serio de Maricarmen en las tazas del café del desayuno, en los bolsos de tela y en las camisetas para ir a un mitin de Irene Montero en la ya cercana campaña electoral?
Asistimos, y por supuesto asistiremos, al uso y mal uso interesado de su nombre por esa rapiña de formaciones políticas en las que prima, parece, el todos contra todos sin cuartel. La extrema derecha es ya solo un frente común de dos partidos: PP y VOX; un mamotreto feo de narices, una antigualla tradicionalista llena de perversiones económicas ultraliberales y otras erecciones perdurables ante la alta posibilidad, ahora sí, de ejecutar con precisión anatómica un macroplán masivo para prostituir la democracia y rajar la España de los españoles que madrugan. Amén.
La resistencia a esta infamia fanática y derechil la conforma una oposición callejera sin corbatas ministeriales, de indignación numantina que reivindica un tipo de gobierno popular dirigido por personas de alma cándida y ética sin mácula. El gobierno de la gente, dicen. La indignación: el limitado poder que desnuda las carencias y hace visibles las inconsistencias, hartos como nos sentimos de las beligerantes proclamas en clave de insurrección, al tiempo que la utopía se ofrece desde las plazas de los acampados como un paraíso lírico, en un confuso intento por rescatar la estética de los huesos polvorientos, a estas alturas, del 15M. Pero estamos agotados y la moral de la tropa se encuentra por los suelos. Las movilizaciones representan un claro soporte emocional para que la ciudadanía pueda encauzar la gestión de la ira y la frustración reivindicándose pacíficamente. Luego tampoco ayuda el oprobioso espectáculo del desacuerdo entre los miembros de eso que llaman izquierda alternativa. Me gustaría saber alternativa a qué, ¿izquierda alternativa alternativa a sí misma? Estupendo si tuviésemos la fortuna de que así fuera. Pero no, la izquierda a la izquierda del centro izquierda, la izquierda pluralísima de la nomenclatura, la sigla, la refundación del cambio de nombre, la que implosiona, la que se quema por dentro y se autolesiona, la de los egos monstruosos y las capillas, los que van de rojos y practican el tono condescendiente con sus semejantes. En definitiva, la izquierda perfecta de una perfección que no tiene que ver con la justicia sino con la moral, con ese devastador complejo que tritura la normalidad de vivir.
Construyendo poder desde la calle, dicen. Me enamoro de las movilizaciones porque vivo en un país libre en el que los medios de comunicación, no sé si por un espurio interés comercial, revalorizan el mito trágico de las dos Españas. Le sale a cuenta a los recaudadores del enfrentamiento entre españoles el viejo formato de la fatalidad y la violencia. Un show viril y trasnochado el de tensar los corazones de una nutrida audiencia con voraz anhelo de sangre fresca. Es la guerra. Es el absurdo. Un absurdo sin comedia es una catástrofe nacional. El absurdo sin comedia es una catástrofe, diría, incluso, humana.
Los acampados declarándole el divorcio a un congreso rentista, cuando el rentismo parece ser un cajón de sastre en el que meter a todos y cada uno de los propietarios, sin ser todos parte interesada de la jauría de ambición apocalíptica. Los bandos: los rojos y los fachas, las trincheras, el escarnecimiento de las posturas, rescatar los abismos aterradores para fabricar un producto revolucionario que puede caer con el primer viento de un invierno de iniciación fascista y derechas absolutísimas. Construir poder a través de la movilización en la calle y las huelgas generales sin el respaldo institucional representado en formaciones políticas afines, esas que hablaron de asaltar los cielos, confluir, gobernar para la gente y otros logrados y rutilantes epitafios con los que morir con la conciencia tranquila.
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