Una visión insólita

Esa visión nítida de las cosas que me aleja del vacío tedioso me alumbró. Ahora soy un hombre con suerte que disimula la euforia de haber sido llamado al templo de la sagrada intuición como un elegido. Pura falsa modestia. Estoy de fiesta y mis días han pasado a ser una juerga. Mi felicidad es contagiosa; todo el mundo quiere estar conmigo, me siento amado, influyente y poderoso: una cadena de mentiras que me cuento a mí mismo para compensar el dolor amargo de todas las pérdidas. Este primer párrafo es de una perturbadora lógica aplastante.

Hace semanas que quiero perder el control y embriagarme con la ginebra fría de los antiguos veranos, acelerando el optimismo dormido sin el pastel de la frase hecha en plan la postal navideña de los deseos de prosperidad. El optimismo es una estructura intelectual cuando se llega a él a golpe de palos y reveses. Pero no todo está perdido. No recuerdo bien el momento fundacional del instante telúrico en el que descubrí que existe una energía que vive dentro del animal humano, insaciable y analfabeto. Eso sí que me resulta interesante. No soporto el aburrimiento de los cálculos de las probabilidades y el orden de la racionalidad que nunca explica nada importante, y nos lía con aquello de ser un buen ciudadano juicioso, sesudo y competente. Pura paranoia del prestigio social. La viscosidad de las ovaciones, el aplauso seguidista sin opinión y los reconocimientos que yo no tendré la desgracia de disfrutar. Estoy de suerte.

Mi acumulación de méritos es tal que desde no hace tanto soy, obligado por las circunstancias, un antihéroe y un villano; es el único horizonte claro y perturbado al que ahora puedo aspirar. Me salva de la tragedia desbordante una verdad que me interpela: la verdad de la justicia sin amigos, en la abrumadora soledad de la conversación íntima con uno mismo. Quiero comer y beber y dormir y disfrutar del hermanamiento entre el amor y el odio. Viva la reconciliación como un grito en el desierto. Si decides seguir leyendo esta columna de opinión después del exhibido desahogo irónico y de la manifestación de deseo primario y visceral de su autor, no puedes más que merecerte mi más conmovedor respeto.

También podría continuar diciendo que existe, en el cielo feo lleno de mentiras, un trozo de la vida de nosotros, y que prefiero palpar con las manos el aire que circula y se estanca entre los cuerpos. La identidad personal es un constructo, una mordaza, un hogar en el que vivir y un taponamiento de la consciencia. Ser alguien que posee una forma de ser, un carácter, temperamento o personalidad y quedarte identificado con el concepto estable e inamovible de lo que eres, sin mover un dedo porque ya has descubierto el ser que eres con el peso de tus razones, orgullos, vanidades, cretineces varias y callados resentimientos.

Y prosigo: Los traumas y las heridas ocasionadas en los primeros compases de nuestras vidas y una importante y formidable industria del crecimiento personal psicoterapéutico, paradójicamente desvinculado de lo que, en mi humilde entendimiento, debe ser una buena escucha al profundo desvalimiento humano. Mensajes propositivos e inasumibles. Tú siempre primero. Tú en todo momento debes ser tu única prioridad. El resonar de estos mensajes es, para el amargo desaliento vital, una droga dura que engancha como las sabrosas sustancias paliativas que te prometen que no habrá dolor. Droga mala y adulterada consumen a clientes de la terapia impartida por los oradores en 0:59 de revelador reel que te hará expandir tu consciencia hasta confines inimaginables; la revelación del nirvana se acerca con la satisfacción indescriptible al alcanzar, después de tanto esfuerzo, tu mejor versión.

Si rascas un poco y retiras con la uña de tu dedo índice el polvo o la arena que tapa la piel de notable alto, bella y esculpida superficie, verás perplejo la mierda que nos sostiene a todos. Amplios sectores de la población obesa de vanidad; solo habla de sí y de sus propias experiencias, bajo la sombra del difícil y dudoso mérito de ser el subproducto adoctrinado del capitalismo salvaje. Créate un personaje y persigue la trascendencia; de eso se trata. Aléjate de ti mismo hasta que te hayas olvidado de la persona que fuiste. Todo son problemas, a ser posible trastornos del ánimo y desórdenes del sueño, a los que bautizamos con nombres porque el capitalismo quiere etiquetarlo todo, meternos el código de barras, el ISBN, la marca, la etiqueta, el registro de calidad.

Yo oigo hablar a personas que solo hablan de sí mismas y escribo esta columna de opinión para recordarme que yo también hago lo mismo y no quiero. No quiero trascender, ni quiero hacerme amigo de lo estrictamente definitorio y resultante de una sola personalidad. Escribo desde hace justamente tres años mis columnas de opinión en este periódico; un espacio en el que me permito dar rienda suelta a mi carácter crítico mientras me acecha el peligro constante de creerme, en exceso, el personaje mordaz y mamporrero y quedar atrapado en él como un viejo barco varado con un puente de mando desde el que saluda a todos un protestón abuelo inconformista aburrido de sí mismo.

Contemplo, sin dejar de sorprenderme y de sentir lástima, este mundo irrefutable de la justicia, la originalidad, la moralidad impoluta, la victoria fácil sin despeinarse. Lo fácil, lo barato, la oferta de 2×1 nos vuelve locos, sin embargo, desde nuestra sombra más abyecta, el único lugar posible desde el que liberarnos del pelma malogrado que fuimos, creamos un mapa y su ruta. Desconocerse y desandarse con la consciencia de las ataduras, porque lo que somos lo somos porque existieron los que nos amaron y nos odiaron con toda la intención de hacerlo. En nosotros, herederos del trauma, no hay novedad alusiva al glamuroso encanto y distinción con el que pasearse por el mundo.

Una mañana de mayo, un enfermero me inyectó en vena benzodiazepinas antes de entrar al quirófano para sacar de mi cuerpo un tumor. Cerré los ojos sin saber que los cerraba y perdí la consciencia en menos de media milésima de segundo; ¡qué digo en media milésima de segundo!, no existe aún una calculadora del tiempo que calcule ese instante indetectable en el que una sustancia te saca de la vida consciente, anula todo tu potencial sensorial y te duerme. Tal vez eso sea morir en un futuro: la ausencia de pensamiento y de control, el vencimiento ante la llegada de lo inevitable. Es un agujero negro de la existencia, cinco horas de silencio absoluto dentro de mí, mientras el equipo de cirujanos se emplea a fondo para darme una vida mejor. Entrego sin condiciones mi cuerpo y he ahí la experiencia reveladora. Un guiño a la transformación cuando deja de insistir la lucha y el crédito de la palabra resistencia; callar para no discutir, confiar y dejarse hacer. Después de esto será más llevadero vivir a pesar de las madrugadas en las que me despierto en medio de la oscuridad de aquel recuerdo previo, pocos minutos antes de entrar en un quirófano que cambiaría mi vida.

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