La casita de Bad Bunny

La casita puertorriqueña de la controversia me ha tenido alegre y entretenido durante unos días, generalmente, porque los ídolos de masas de la cultura pop viven acompañados por la polémica en este salvaje mundo consumista, lugar hostil para personas de éxito global que son ascendidas a la categoría de mitos, se les perdona casi todo, o se les lanzan a la yugular al mínimo desliz.

A mí los acaloramientos que rayan en el altercado sobre la casita de Bad Bunny me resultan divertidos. Es hermosa la casita, parece de juguete. Una estructura rosada que imita la arquitectura tradicional de Puerto Rico; un elemento discretamente secundario dentro de la parafernalia de un show que enciende los sentidos, porque Benito Antonio Martínez Ocasio, además de guapo y talentoso, es dueño y amo de una personalidad que claramente influye en los apetitos sexuales de mujeres y hombres y sobre algunos descreídos del reguetoneo pánfilo y sucio que invita a la mujer a convertirse en la protagonista de un despellejado sueño masculino de porno hardcore. Benito Antonio Martínez es Bad Bunny. El conejo malo de Puerto Rico dejó hacer a los miembros de la organización de sus colosales conciertos, y estos invitaron al club de la deseada casita a mujeres jóvenes, delgadas, de cinturas estrechas y culos de sinuosa curva prominente; veinteañeras lindas que encajan en la norma del mercado de la belleza, que no entiende que la belleza es una cosa exenta de la frialdad de los muebles a medida que satisfagan el ansia masculina aspiracionista de llegar algún día a estar con una diosa. Probablemente, Benito lo sabe y enmendó su error a tiempo, porque aquí todos tenemos derecho a rescatar el viejo sueño de pertenecer a cierta élite del famoseo del papel cuché trasladado hoy, por los que siguen siendo pobres y mediocres pero guapos de solemnidad, a Instagram. Con eso nos conformamos.

Sorprende el patinazo selectivo de Benito; un artista valiente que ha cuestionado los estereotipos de género, deslizando ocasionalmente una edificante ambigüedad sexual, atreviéndose, enérgico, a manifestarse en contra del depravado Donald Trump en la final de la Super Bowl. Bad Bunny es también un personaje político que ha declarado que jamás querría ver a Puerto Rico como el estado 51 de los Estados Unidos, ha denunciado el asesinato de mujeres trans y, en las letras de sus canciones, según los críticos y la multitud que lo adora, están presentes el feminismo y los derechos de la comunidad LGTBIQ+. Bad Bunny es una valiosa celebridad que surge e intensifica su discurso rompedor en tiempos cobardes, en los que involucionamos hacia un ultraconservadurismo obtuso, melindroso y terraplanista.

Pero todo ser humano, habitante de este mundo, encierra contradicciones ocultas detrás de una imagen social proyectada. Benito Antonio Martínez Ocasio mete en la casita puertorriqueña a un nutrido grupo de famosos y muy jóvenes mozuelas de belleza normativa, excluyendo y reservando la gloria sin pluralidad de libre acceso para una afortunada minoría. Qué bueno que rectificaste, Bad, y qué bueno es señalar las contradicciones de nuestros ídolos; caen del pedestal y descansamos todos, porque las contradicciones son el territorio de la libertad escasamente ocupado. Nos ruboriza y avergüenza estar allí, en el terreno de las contradicciones, nuestra única oportunidad de absolución general y para siempre.

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