La enfermedad lo interrumpe todo

El 12 de enero de 2026 empecé a escribir una nueva columna de opinión de la siguiente manera: en la vida ocurren demasiadas cosas interesantes como para dejar pasar los años acomodado en el mundo de las ideas. Yo antes era un híbrido de apetitos intelectuales y deseos absurdos de niño caprichoso, tan alérgico como fui a la catequesis de lo correcto y a la sonrisa malvada de los redentores bondadosos de la patria -y continué- del hedor aristocrático que emitían las enardecidas declaraciones de prohombres de la política y la vida social hemos pasado a encolerizados ciudadanos que aún creen que la democracia es un cambio de cromos, un quítate tú para ponerme yo, que los míos son los buenos y al adversario ni agua… y de repente, un día después, un 13 de enero de 2026, el silencio. Un corte de la corriente eléctrica en mi corazón entusiasta. La potente instalación del impulso crítico entró en un proceso súbito de cataplexia, porque de un plumazo caí noqueado al suelo, arrasado por un caos fantasmal gobernado por miedos nuevos y horribles; un siniestro debut a los 51 años en una enfermedad que siempre le pasaba a otros, a mí no, que soy el alumno empollón y aventajado de la soberbia y el comandante en jefe a salvo de enfermedades terribles. Menudo tamaño llega a alcanzar el ensueño salvador. Pero llegó el cáncer, así, sin sospecharlo, para arrugar mi bien planchado verbo, mi convincente oratoria que no sirve absolutamente para nada, porque nadie te va a querer por lo que dices, piensas o escribes. Quedé mudo, inhabilitado para la lectura y la escritura, escuché notas de audio y leí comentarios llenos de cariño y apoyo, y afectuosas recomendaciones acerca de sencillas estrategias para ser un hombre positivo ante la adversidad y, a toda costa, un convencido optimista en situaciones difíciles. No sabéis lo que os agradezco el amor, pero esto no va de positividad, esto va de conciencia y paciencia, y de llorar, de celebrar el momento en el que pones los pies en el suelo cuando te levantas de la cama por la mañana. También va de quedarse completamente desnudo, asustado ante la vida.

Qué sencillo se vuelve todo lo que hasta no hace tanto era complicado. Vivimos la mayor parte de nuestro tiempo vital alienados con las tareas que implican mantener a flote un absurdo melodramático, y de repente, una humildad tan dura y obligada de golpe y poco eres en la oscura tarde en la que te invade un temblor, y el resumen apresurado y banal de tu vida te desconcierta y que, por fortuna, no permanece, se va, te deja tranquilo. Se me hace raro eso de hacer una vida normal y seguir con lo mismo que hacía antes del diagnóstico de la enfermedad. Se necesita tiempo para volver, y no el esperpéntico disimulo como si no estuviera pasando nada. Hay que darle tiempo a que la esperanza se vuelva a poner en pie, cuando todas las energías y todos los intentos se centran en una sola cuestión: «salvar el pellejo».

El futuro de Groenlandia, Trump, el inquietante desorden mundial y el abundante número de “cuñados” hablando de gilipolleces y de geopolítica, una futura erupción volcánica en Tenerife, las redes sociales, las luchas de poder en cualquier ámbito de la vida humana, querer tener la razón y el propio ego contaminado; cuando enfermas, todo esto te da igual y te desprendes de la esclavitud de tu propia vida. El cáncer es una mierda, pero sientes que, de alguna manera, te ha liberado aun caminando sobre el alambre, porque muchas cosas que en su día me quitaron el sueño las observo ahora como ridículamente insignificantes desde esta nueva orilla en la que ahora me toca estar.

Abandoné el hábito de escribir hace cuarenta y cinco días y hoy vuelvo, poco a poco, a recuperarlo. Recibes el aliento reconfortante de una buena noticia en medio de la inquietante incertidumbre y regresas al tesoro de una alegría cautelosa, aunque nada volverá a ser lo mismo en esta nueva normalidad cuando pase la tormenta.

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