Un visitante norteamericano en los sanfermines se viste de Joker; un saltimbanqui con residencia habitual en Instagram propaga el asombro entre propios y extraños en los encierros de Pamplona. Una vez que las fiestas, en su día populares, se convierten en fiestas de interés turístico internacional, cualquier forastero excéntrico que no se leyó las ordenanzas municipales para eludir hacer lo que no debe puede convertirse en un personaje viral. Dejando a un lado la posibilidad de discutir sobre la perversión de las fiestas populares, una vez han transmutado en una caja registradora de contar dinero, creo que es el momento de decir que necesitamos a más tipos como Lacey Mrzena. El Joker de los sanfermines me ha recordado la valentía y arrojo que hay que tener para prorrumpir en cualquier manifestación humana o congregación identitaria cuasi sagrada y subvencionada por los de siempre. Alguna colleja policial pudo haberle caído al burlón de Lacey; nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos, porque lo vimos, es que salió de la plaza de toros de Pamplona, al término de un encierro, llevado en volandas por los uniformados agentes del orden que sujetaban al insolente personaje cómico por el cuello y las extremidades superiores. Un hombre que ha sucumbido víctima de una salud mental quebrantada. Donde ven a un enajenado, yo veo a un joven completamente normal, con el rostro caracterizado de Joker en un acto de hermanamiento con el más genuino espíritu del disfraz improvisado de carnavales. Su tosquedad gesticuladora me divierte; su aislada presencia absurda, que hace difícil su ubicación en la internacional fiesta pamplonica, me divierte.
Lacey Mrzena sabía que no estaba invitado, pero acudió a la llamada del asta de toro, la frenética amenaza de la muerte o la posible rotura de la arteria femoral. Catalogar al Joker de los sanfermines como antihéroe o villano es concederle demasiados títulos honoríficos a un genial bufón que desarrolla su ruidoso histrionismo en la plataforma de exhibición TikTok para que tipos como yo se deshagan en halagos. Su aparición en los sanfermines sugiere un discurso inaplazable y el que no quiera ver, que no vea, y el que pueda hacer, que haga, y Lacey Mrzena hizo, justificando su comportamiento hilarante y desvergonzado por una razón de índole religiosa que nunca llegó a explicar. Cortina de humo para jugar al despiste. Jugar por jugar, porque la vida no solo es una transacción comercial, un acuerdo o pacto de no agresión o de amor civilizado, un intercambio de fluidos, un gimnasio motivacional del ánimo siempre en lo alto e indestructible y con la obligada lectura de los evangelios de la autoayuda todas las noches antes de dormir. Esta obstinación nos conduce a la frustración. En cambio, Lacey Mrzena es un creador de contenido norteamericano graduado en la asignatura lúdica del divertimento porque yo, con él, también me río y descubro que mi propia seriedad me parece ya un acto de sumisión y cobardía. La revolución y la transformación de la sociedad pasan por darle una oportunidad a la conjugación del absurdo. Dimitir de querer entender y hacer el análisis, de querer ser cabal dentro del rebaño de los sensatos de impoluta trayectoria. La elaboración de las brillantes pensadas sostenidas por presupuestos racionales repletos de plagios y versículos de la ingenuidad política no alcanza.
Nuestras fiestas populares con proyección de interés turístico internacional sufren, envueltas en una sarta de valores acerca de la dimensión sacrosanta de nuestras tradiciones. Nuestras tradiciones no se tocan; son el pueblo, la única seña de identidad de fácil manejo y utilización para extraer la rentabilidad política debida. Por eso, quiero afirmar y afirmo mi negativa frontal a esta instalación conservadora que, por conservadora, siempre será aburrida y monocorde, consistente en concederle una sola dirección de nacionalcatolicismo de corte coalicionero y de politización aberrante de la carne fiesta, las costillas con papas y piñas de millo, el mojo de cilantro, la bandurria, los trozos de sandía fresca y vasos desechables de vino en las romerías, las isas y las malagueñas y cualquier manifestación popular del acervo histórico de nuestra cultura canaria. Por ello, solicito la participación de Lacey Mrzena, el Joker de los sanfermines u otra versión asimilada, en la próxima jornada de fiesta, jolgorio, borrachera, encuentro social humano y gris performance institucional, para contemplar la cara de los alcaldes y alcaldesas, concejales y concejalas de los consistorios municipales y de algunos de sus parroquianos, y ver el enojo y las llamadas al orden por parte de los medios de comunicación afines junto a la lectura de los airados comentarios de sus lectores en redes sociales. Por todo esto y lo anteriormente escrito, la intervención absurda sin intención política de un tipo simpático y caradura como el Joker de los sanfermines habrá valido la pena.

Leave a reply
You must be logged in to post a comment.