Quiero contradecir a Víctor Yanes, una de las personas más inteligentes y entrañables que conozco en La Palma. Tiene toda la razón en su análisis de lo que hoy en día llamamos fútbol, pero creo que saca una conclusión errónea. Todas las críticas que plantea son acertadas. Ya sea por la comercialización o por el hecho, criticado con razón, de que la supuesta identificación de los aficionados con el club se ha convertido, entretanto, en desprecio y odio hacia los rivales. En los estadios se escuchan cánticos racistas repugnantes, y los dirigentes no solo se niegan a hacer algo al respecto, sino que ignoran el tema porque temen enfrentarse a los llamados aficionados. Sin embargo, el problema no es el fútbol, sino la sociedad en sí misma. El odio y el desprecio son, también gracias a las redes sociales, una parte integral de nuestra convivencia. Que esto se manifieste también en los campos de fútbol es lógico. Pero el fútbol no es más que una válvula de escape entre muchas otras. Víctor Yanes también tiene razón al afirmar que una identificación excesiva con un equipo conduce automáticamente a una desvalorización del “adversario”. Se crea una dinámica de “nosotros contra ellos”. Pertenecer o no a ese grupo se convierte en una cuestión existencial, y al final la mayor alegría no es la supuesta victoria, sino la posibilidad de humillar a los seguidores del otro club. Quien necesite un club de fútbol para sentir la autoestima correspondiente, tal vez no sea más que una pobre persona perdida, similar a aquellas que creen que vale la pena llorar por pertenecer a una determinada nación, un color de piel o un género. Todas estas historias se manifiestan en todos los ámbitos de la vida social y, por lo tanto, también en el fútbol.
Sin embargo, cuando se les da un balón a los niños pequeños y estos corren tras él, no distinguen si un compañero tiene el mismo color de piel; lo único que importa es el balón. Pero esto no se acaba con la infancia. En todos los clubes profesionales juegan hoy en día personas de los países más diversos, con diferentes formas de socialización, culturas y actitudes ante la vida. Sin embargo, forman un equipo que los une, con un objetivo común y la cohesión que ello requiere. “Hay quien considera el fútbol una lucha a vida o muerte. No me gusta esa actitud. Les aseguro que es mucho más serio”, reza una famosa cita de Bill Shankly, el antiguo entrenador del Liverpool FC. Lo que a primera vista parece corroborar el fanatismo innecesario de algunos aficionados al fútbol adquiere, sin embargo, otro significado si se analiza la figura de Bill Shankly. Shankly, socialista declarado, no consideraba el fútbol solo como un deporte, sino como un fenómeno cultural, social y también político. Puso a las estrellas de su equipo al servicio del conjunto para lograr más como colectivo.
El fútbol siempre ha sido y sigue siendo político. El fútbol ha desencadenado guerras y puede generar odio. Sin embargo, de este deporte también puede surgir una fuerza indomable para el cambio. La llamada “Democracia Corinthiana”, en torno a jugadores como Sócrates y Casagrande, es solo un ejemplo de ello. Jugadores con principios como Carlos Caszely en Chile, que se negó a dar la mano a Pinochet y cuya madre fue torturada por ello, o Didier Drogba, que utilizó su posición para impulsar la reconciliación entre las partes en conflicto de la guerra civil en su país natal Costa de Marfil, son ejemplos de que el fútbol es mucho más que un juego, sino que también puede cambiar las cosas.
Pero no solo los jugadores pueden ejercer influencia. Los aficionados también pueden hacerlo. Los ultras de Bolonia llevan muchos años comprometidos socialmente con la ciudad y se ocupan de las personas sin recursos. En otros clubes se ha conseguido expulsar a los racistas de los estadios, simplemente porque hubo suficientes personas que se levantaron y se opusieron a ello. En Alemania se aplica la regla 50+1, que garantiza que la mayoría del club esté en manos de los socios y no de los inversores. Desde hace muchos años, los directivos intentan abolir esta regla, pero fracasan ante los aficionados, que en su mayoría también son socios del club y no quieren que les quiten su fútbol. Los directivos saben que, de lo contrario, los seguidores provocarán la suspensión de los partidos durante semanas. Esa es la política que se lleva a cabo allí, y es una política que surge desde la base.
El fútbol no se limita a La Liga, la Liga de Campeones o el Mundial. Está presente en todos los pueblos y en innumerables ligas. Y quien ama el fútbol no puede simplemente dar la espalda solo porque haya aficionados llenos de odio o porque unas supuestas estrellas no sepan perder. Nosotros, los que vamos al campo, tenemos la responsabilidad de que ocurra algo sensato y bonito antes, durante y después de esos 90 minutos, porque es más que un simple partido. A mí me pasa que ya los jueves estoy tenso, porque sé que el domingo voy al estadio. La emoción y la expectación marcan los días que quedan hasta el pitido inicial. Cuando se gana, es maravilloso, y cuando se marca un gol, uno se olvida por unos segundos de todo lo que le rodea. Pero a menudo el propio club no gana, y entonces estoy de mal humor durante unos días, un sentimiento que forma parte de todo esto tanto como la alegría desenfrenada, y que no quiero que me lo quite ni un jugador engreído, ni un directivo ávido de poder, y mucho menos unos aficionados llenos de odio. El fútbol es política, el fútbol es cultura y también una parte importante de la sociedad. Y precisamente por eso hay que luchar por él y no dejar que nos lo quiten.
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