Simon Mearkle es un romántico

Me recuerda mi amigo Simon Maerkle la figura emblemática de Bill Shankly, el hombre que cogió las riendas del Liverpool en 1959 para cambiar la historia de los Reds. La grandeza actual del club de la histórica ciudad portuaria del Reino Unido no hubiese sido posible sin el carácter revolucionario de Shankly, personaje indiscutible que consideraba al fútbol no solo un deporte, sino un fenómeno cultural, social y político. Parece un anacronismo esta declaración que, a pesar de nuestra consciencia anestesiada por las bondades de la industria del ocio y del entretenimiento, continúa manteniendo su innegable vigencia en un contexto de abrumador capitalismo salvaje que asienta sus bases en la gratificación inmediata, rápida y directa para hacer de nosotros un puñado de drogatas anhelantes del placer que ofrece, como un oasis lujurioso, la intensidad de una gloria deportiva traducida en los colosales éxitos de nuestros equipos.

Simon Mearkle es un militante de un fútbol epidérmico y cercano, del cual disfrutamos tantos románticos en tiempos en los que el VAR transforma el evento futbolístico en una trifulca desesperante, y asistimos, conmocionados, a la justificación obcecada de la violencia contra el enemigo. Esa búsqueda de la verdad a través de la celebración del espanto, próxima a la aniquilación de la identidad del adversario, acrecienta mi visceral rechazo al fútbol de hoy, que tan poco se asemeja a aquel teatro inocente del que queda más bien nada.

Simon es un hincha a la antigua usanza, un nostálgico vitalista que reclama modestamente un fútbol desaparecido. Cita en su artículo de opinión y publicado por este periódico, Me gusta el fútbol, pero no quiero que me lo quiten, al costamarfileño Didier Drogba, delantero centro del Chelsea allá por 2005, que aprovechó su popularidad y relevancia pública para erigirse como figura mediadora al servicio de una negociación que detuviese la guerra civil de Costa de Marfil. O se refiere, en otro ejemplo desesperado por salvar la lírica en tiempos grises, a la cláusula 50+1, presente en la Bundesliga, y que facilita que los socios tengan voz y voto en la toma de decisiones sobre el presente y el futuro de su club, a pesar de que esta regla no haya impedido la entrada de capital externo, a través de importantes grupos empresariales y financieros, al fútbol alemán. También recuerda Simon Mearkle en su columna de opinión, la importante labor social de los hinchas radicales del Bolonia, los forever ultras 1974 Bolonia Futbol Club, que crean espacios de promoción social y cultural a pesar de que la entidad del norte de Italia esté controlada desde el 2014 por el empresario canadiense-italiano Joey Saputo. Todos estos ejemplos son islotes dentro del gigantesco negocio del fútbol; refugios en los que sentirnos como en casa, porque este deporte en nada se parece al que empezó a dar sus primeros pasos en España allá por 1873, cuando los trabajadores de Rio Tinto Company Limited, empresa de explotación minera en la cuenca del Río Tinto, en la provincia de Huelva, empezaron a darle patadas a balones de cuero cocidos y rellenados de vejiga de cerdo.

Una minoría probable y en crecimiento pide una nueva narrativa periodística en torno al fútbol; el valor de una crónica sentimental y no comercial para que la industria del ocio no liquide el valor identitario de este deporte, que va más allá de banderas, nacionalidades y nacionalismos, y mucho más allá del dinero. El fútbol es la fraternidad, el encuentro, el trabajo y las oportunidades para chavales que se forman desde las categorías inferiores de un club y no la simple compraventa de mercancía humana, y también es la memoria del aficionado que siente que cualquier tiempo pasado fue mejor. Esta creencia conforma una derrota servida por la incompetencia habitual de nuestra maravillosa nostalgia. Hemos aceptado ser meros clientes de un espectáculo profiláctico y miedoso, obsesionado con el control y la seguridad, donde no puedes tomarte una caña gustosamente, encender un puro o invadir el campo en caso de ascenso de categoría. Todo son cortapisas a la movilidad humana en este maldito fútbol hipocondríaco que necesita urgentemente el exorcismo de un buen psicoanálisis.

Los jefazos del fútbol han decidido que debemos ser los clientes de un fenómeno mediático global, alejados de cualquier posibilidad de participar en la elaboración del producto ni en la fijación de objetivos. La historia se resume en adquirir un abono, sentarse en un asiento numerado del estadio y ver un partido de fútbol de tu equipo, aceptando las nuevas condiciones impuestas al más alto nivel.

En 2026, una buena parte de los equipos de la Primera División española están controlados por grupos de inversión, grandes capitales financieros que vieron en el fútbol un goloso filón económico y un negocio rentable. La salvedad a este totalitarismo accionarial, con o sin intervención económica extranjera, lo conforman cuatro equipos que decidieron, en su día, no convertirse en sociedad anónima: Real Madrid, Fútbol Club Barcelona, Athletic de Bilbao y Atlético Osasuna. El club pertenece a sus socios y, aunque reciban capital extranjero a través de patrocinios, su forma jurídica impide que un inversor foráneo compre el club, es decir, no hay accionistas privados capaces de adquirir grandes paquetes accionariales, a lo que hay que sumar que, en estos cuatro clubes del fútbol español, se abren procesos de consulta democrática a través de votaciones para elegir al nuevo presidente de la entidad.

Amigo Simon, estamos en el mismo equipo, en ese humilde conjunto de afiliados emocionales del fútbol que van para viejos y que integran una mayoría silenciosa. La pasividad sin protesta y la cerrada aceptación de las reglas impera, porque hasta nuestro equipo se asemeja muy poco o nada a aquel fútbol que ya murió. Amamos el fútbol no por lo que es ahora, sino por lo que fue en su día.

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